Una vez, hace muchos años, le habían dicho que tenía una bonita sonrisa. Ahora no tenía a nadie que se lo repitiera. Miraba a la gente copn la que se cruzaba, directamente a los ojos, pero nadie se fijaba en ella. Evidentemente, cada uno conocía su camino, porque llevaban un paso apresudado, como si alguien los estuviera esperando en su destino.
Tan sólo encontró unos pocos que iban disfrutando realmente del paisaje que ofrecía la ciudad. Siguió caminando y cruzó el pequeño mercado. Algunas parejas se reunían en uno de los bares que disponía de mesas y sillas al aire libre. Pensó detenerse en uno de ellos para desayunar, pero pronto desechó la idea y siguió caminando.
Anduvo y anduvo, aunque presintió que no había pasado mucho tiempo. Caminaba muy deprisa sin saber por qué. Quizás pretendía aparentar que a ella también la esperaban. Decidió ir más despacio.
Llegó a un parque solitario y se sentó en uno de los bancos. La cabeza le daba vueltas y no paraba de pensar. Siempre se había preocupado por los demás. No entendía qué fallaba en su vida. Sintió una angustia en su alma y las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos. Se pudo las gafas de sol para disimular su estado. Miró su reloj y comprobó que había pasado el tiempo establecido. Tenía que volver, así que se puso nuevamente la sonrisa en los labios iniciando su camino de vuelta con las mismas ganas que había empezado el de ida.

